RENACER

He sentido que la vida se estrena,

entre caricias nuevas,

como un milagro diminuto,

florecido

entre las rocas del acantilado.IMG-20170604-WA0010

He encontrado tu huella en una playa

de arena roja, de naufragios…

Y he remontado  el sueño de volar,

asomado al abismo

de tu nueva mirada.

Y he oído tu voz acostumbrada 

al silencio batiente de las olas,

donde sobran palabras y  nostalgias,

porque todo es presente.

Y he sentido tocar el cielo con los dedos

cuando rocé tus labios

en el azul inmenso, hecho presencia,

en soledad, contigo.

 

LA CASA FAMILIAR

 

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(Fotografía de Manoli Estévez)

 

En esta tarde húmeda de mayo

vengo empapado

del silencio amarillo en las retamas,

y envuelto en la belleza verde tenue

del oleaje de las sementeras.

Los robles de hoja tierna me saludan

sacudiendo con las primeras gotas

su epidermis sedosa

de milenarios líquenes.

La tarde se arrodilla en la llanura,

adormecida

de grises letanías,

y tiembla en el cristal de mi ventana

lo mismo que mi alma

embriagada de paz y de nostalgia.

Y se llena  la casa de presencias,

de ruidos familiares

apenas intuidos

en el silencio largo de la tarde.

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DESEO

Porque el deseo empieza

en  el brillo de una mirada retenida,

en la turgencia de un torso  sugerido bajo un  lienzo tirante

en la solidez palpable de unos muslos

que  las palmas de las manos moldean incansables,

en el ligero temblor de un  labio

que anhela el beso de otros labios,

en la sed que no se aplaca ni de bruces en la boca del otro,.

en la explosión de gozo en cada roce de dos cuerpos que se buscan,

en el abrazo de unas piernas

o unos brazos trepados a los hombros,

en el estremecimiento de dos cuerpos adheridos como hiedra

en la piel erizada, y en la mirada ida…

Hoy quiero anegarme y bucear en la laguna de tus ojos,

y escuchar el silencio profundo del amor insondable,

inmensurable,

y aspirar los aromas y embriagarnos.

 recorrer cada rincón umbrío de nuestra geografía

con el dorso de los dedos temblorosos,

recorrer  cada relieve, cada surco rugoso o cada cráter

y explorar cada sima,

 dejarnos resbalar por las pendientes,

por la piel sudorosa

 enredar las lianas de los brazos,

 entrecruzar los dedos hasta hacernos daño

hasta cerrar  los ojos

y gemir

y fundirnos

y explotar y caer y dejarnos vencer y rendirnos

y  suspirar.

 

BUCEAR

Bucear en ti en apnea,

en tu entrada traslúcida,

hasta perderlo todo: la vista y la noción

de la tiniebla que te invade

¿o solo es que has cerrado los ojos?

Y dejarte subir hasta la claridad brillante de sus ingles

y sacar la cabeza entre el salvavidas de sus muslos

hacia la luz y el aire y las gaviotasNeil Craver underwater erotica5

y dejar caer tu cabeza tronchada

de placer.

 

 

Cuanto más te leo

_Libro rosa

Cuanto más te leo más quiero

saber de ti, más deseo descubrir

esa entraña que palpita y que brilla

y que se esconde

entre imágenes certeras como tiros,

juguetonas como la luz en los pináculos de las catedrales;

esa entraña vulnerada de silencios y  de costumbres,

hermosa como un atardecer entresoñado,

dolorosamente abierta en poemas inmensos

como la soledad

paseada por un monasterio en ruinas

horadadas de musgos y de cierzos

donde graznan grajos milenarios.

Tus poemas son como gritos en medio de la noche,

como barcos perdidos en mitad de la nada,

donde todo es silencio,

donde todo da igual,

pero que hieren como cuchillos

clavados en el costado izquierdo

por donde sangramos todos mansamente

en las noches de insomnio

y en los días cargados

de soledad y de bochorno,

aturdidos de tanto no saber,

de tanto querer irnos sin saber adónde.

 

 

LA EDAD DEL AMOR (Ópera en tres actos)

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-I-

Aquella mañana de otoño amaneció gris. Y la bruma que bajaba desde las laderas verdes del monte Naranco daba un aire nostálgico a la ciudad. El reflejo de las farolas aún encendidas temblaba ligeramente en el suelo mojado de la explanada del teatro. El cartel de la ópera “La Traviata” se anunciaba en letras doradas enmarcadas sobre fondo negro. Cuando llegó a la cola de la taquilla la última era una mujer de apariencia agradable, que hablaba por el móvil y que, con la mano libre, sujetaba un paraguas dorado de flores azules. Él abrió el suyo con suavidad por miedo a la sacudida de la artrosis en el hombro y  empezó a calcular y a contar por encima el número de quienes tenía delante, agolpados ya sin guardar fila, guareciéndose del  orvallo en el pequeño soportal del teatro.

            En el tiempo de espera observó con detenimiento, como era su costumbre, los rasgos de la gente que tenía cerca, imaginando su vida, su edad, su profesión, el carácter, la relación que unía a las parejas que hablaban entre sí. Empezó a fijarse en los dedos finos de la señora del paraguas, en los rasgos dulces de su cara y en el hoyuelo de su mejilla al sonreír. Había algo en ella que le resultaba extrañamente atractivo y evocador. Puesto que no paraba de hablar por teléfono se dirigió a ella, con gestos más que con palabras, como queriendo preguntarle si era la última. Ella asintió con un amago de cierre de párpados y alargamiento de sus comisuras que acentuaron su expresión aniñada.

            Por la noche ocupó su sitio en un palco lateral y escuchó un “hola, muy buenas” de la misma señora de la cola, que lo saludó sin levantar la vista de su entrada y se sentó en la silla libre de su derecha. Le pareció mucho más guapa que por la mañana, más elegante, más joven, ¿o sería por el maquillaje y el  peinado de peluquería? Cuando se apagaron las luces del teatro se creó un clima de intimidad; nadie más ocupó las localidades de atrás y, para poder contemplar lo que ocurría en el escenario, había que inclinarse hacia adelante, de manera que el perfil de ella se recortaba a contraluz todo el tiempo, justo en su línea visual. La casi hora y media que duró la primera parte de la representación estuvo observando y analizando cada detalle de su rostro, la armonía de su silueta, la línea curva de su busto, los movimientos de sus labios y hasta el de las aletas de su nariz en cada golpe de respiración. Vio también el pañuelo que extrajo del bolso y que se pasó delicadamente, sin desdoblar,  bajo sus ojos, y con el que luego apretó la nariz, como sofocando un suspiro.

            Conocía de memoria la ópera y no necesitaba leer los subtítulos que pasaban en la parte alta del escenario. Pero cuando las voces de Alfredo y Violeta cantaron:  Un dì, felice, etérea, «el día que te conocí», acudió a su mente, como en un fogonazo, aquella tarde de hace más de cuarenta años, ¿tantos ya?, en que una jovencita le abrió la puerta del piso en la calle Ramón y Cajal y, sonriéndole, con sus hoyuelos muy marcados, le dijo que su amiga no estaba. Recordó también la sensación agradable que se anudaba en su pecho, durante aquella larga primavera, cada vez que se la encontraba casualmente y paseaban rambla arriba y llegaban ingrávidos hasta una terraza, al borde del balcón que daba al mar. Allí se pasaban horas, entornados los ojos y dejándose inundar por sueños azules, hasta que las flores de la ternura asomaban por los resquicios del alma. ¿Por qué esa fijación con las flores azules? Y siempre con el mar rumoroso como testigo en sus encuentros, en las mañanas de aquel verano, en las calas recónditas de Cap Salou o en los atardeceres de Nules que se iban lentos entre los naranjales.

            Luego la vida y el tiempo lo fueron desfigurando hasta dejarlo irreconocible, hasta hacerle olvidar a aquel chico lleno de ilusiones que fue en su juventud. Y el miedo a envejecer se fue instalando poco a poco en los rincones más oscuros de su existencia.

            Ah, fors’è lui, «quizá sea él», cantaba al final del primer acto Violeta, cuando la mujer del paraguas se quedó pensativa. El hombre que la acompañaba en el palco podía ser él, ¿por qué no? La imagen de aquel profesor de literatura que se había cruzado en su vida, un poco tímido, con un cierto aire bohemio y quizás algo canalla, se dibujó sobre la silueta que tenía a su lado. En ella vio los rasgos del joven que recuerda cuando sueña vida abajo, cuando pasa las páginas de los días y  piensa que no sabe cómo ni por qué sucedió todo.

-II-

          En el descanso salieron al pasillo y  tuvieron necesidad de hablarse, pero no se les ocurría ninguna frase que pusiera orden en el cúmulo de sensaciones recuperadas. Él parecía inseguro, y ella estaba un poco tensa porque no quería que le descubriese la humedad de sus ojos; se veía atractiva, más joven y más guapa que nunca. Quisieron aparentar tranquilidad para no dejar traslucir la borrasca interior de sus emociones ni el agolpamiento de palabras que no acertaban a hilvanar y que, por fin, se concretaron en algo así como “vaya voz más bonita la del tenor”, “pues la de la soprano también es fabulosa”, “ya lo creo.”

̶  Esta mañana coincidimos en la cola y ahora aquí ̶  articuló él, intentando que no se le notara ningún temblor ni aflautamiento en la voz.

̶  Sí, ya me di cuenta ̶  contestó ella con tono pretendidamente neutro.

̶  Y ahora otra vez en el palco. Y los dos solos.  Se diría que el destino se empeña en juntarnos.

La mujer del paraguas sonrió de forma poco natural y siguió consultando el programa de mano. Él se vio ya perdido,  pero todo cambió cuando ella se le acercó un poco y le preguntó señalando la zona baja del papel:

̶ ¿El director de la orquesta será italiano?

Él aproximó su cabeza con la excusa de leer mejor el nombre y contestó lo más amable que pudo, turbado un poco por el aroma de su perfume:

̶  Por el apellido lo parece, pero creo que es argentino. Allí hay apellidos de todos los países de Europa.

El sonido del timbre y de la megafonía, advirtiendo que faltaban cinco minutos para reanudar la función, vino en su ayuda para poner el punto y seguido a tan azorado diálogo.

Durante el resto de la obra hubo más comunicación no verbal, miradas, gestos, medias sonrisas y hasta algún amago de suspiro profundo.

Al comienzo del segundo acto Violeta cantaba Dei miei bollenti spiriti, «de mis salvajes sueños de éxtasis», y él imaginó que era ella quien se lo cantaba al oído. Y pensó en aquellas ansias por buscar la felicidad a toda costa, en todas las victorias, fracasos y renuncias que le impuso la vida, en tantos pequeños momentos felices que tuvo delante y que no supo aprovechar.

Pero el clímax emocional llegó con el Amami, Alfredo, «ámame, Alfredo», el aria con que Violeta se despide de su amado. La voz de la soprano llenaba el ámbito del teatro y era un solo corazón el que palpitaba con la sublime música de Verdi. Las  notas subían hasta el techo y ondeaban sobre las butacas rojas de la sala abarrotada de público. La piel de la mujer se erizó al recordar su huida del dolor. Revivió el día en que, diciéndose a sí misma “ojos que no ven…”, decidió alejarse de él sin esperanza alguna. En este momento, sin embargo, necesitaban presencia, cercanía, el roce de una mano, el temblor y la turbación de la primera vez. Sin volver la cabeza, sin apartar la vista del escenario, se buscaron a tientas en la oscuridad, como si quisieran sacudirse todo lo que el tiempo les había echado encima.

              Alfredo, Alfredo, di questo cuore non puoi comprendere tutto l’amore, «Alfredo, Alfredo, no puedes entender todo el amor de este corazón». Esas palabras quedaron flotando en el aire cuando trataron de entrelazar sus dedos, finos unos del oleaje diario de la convivencia y rudos los otros de tanta intemperie en las batallas contra el paso del tiempo.

Se cerró el telón por un momento antes del tercer acto y una oscuridad cálida les invadió hasta el alma. Se sintieron vibrando en medio de un espacio que giraba con la reverberación del último acorde de la orquesta, enmudecidos de amor en medio del silencio, cogidos de la mano, solos y absortos entre la multitud

-III-

             Addio del passato , «adiós del pasado, así se cierra mi triste historia», cantó la soprano que encarnaba a Violeta, un instante antes de morir sobre el escenario. En ese momento sesoltaron de la mano como si la muerte no tuviera nada que ver con lo que ellos estaban viviendo. Y permanecieron en silencio. No querían pensar en la separación inevitable, en ese telón final, porque aún les quedaba mucho por vivir, por disfrutar.

          Bajaron las escaleras del teatro emparejados, sin hablar, sintiendo el peso de la cercanía y la presencia, mientras escuchaban las conversaciones del público que se marchaba comentando las calidades musicales y dramáticas de la ópera.

Siguiendo las reglas del juego prefijado, se separaron en la esquina del café, cuando las luces de los escaparates y la humedad de la bruma daban un aire melancólico al paseo lleno de tiendas. “Hasta ahora, mi amor”, dijo para sus adentros la mujer del paraguas de flores azules.  Él la vio alejarse caminando por las aceras de la avenida, como si pisara un espejo, tan bella como en sus recuerdos. Y la siguió hasta el parking por las callejuelas,  donde una cortina de orvallo se dibujaba en las luces de los aleros.

Durante el camino de regreso, en la penumbra pequeña del receptáculo del coche, apenas hablaron nada, solo se acariciaron. Y luego, antes de irse a dormir, con el eco de la música de Verdi resonando en sus oídos, como si el comedor estuviera repleto de butacas rojas y la noche fuera la oscuridad de un entreacto, se sirvieron una copa de cava, pusieron el viejo vinilo del brindis “Libiamo ne’ lieti calici…”, y empezaron a mecerse suavemente al ritmo del vals, y giraron y giraron sin parar hasta que les faltó el aliento. Y en una breve pausa se lo buscaron el uno al otro entre los dientes, y se lo mordieron en un beso largo y denso.

Y se apretaron el uno contra el otro y se susurraron muy cerca del oído:

.̶ Estoy aquí contigo, soy el mismo que te amó entonces, el mismo que te amará toda la vida.

Y ella solo contestó:

̶  No tengas miedo a envejecer. El tiempo del amor no pasa nunca.

Él acercó las copas, y la mujer del paraguas, con su mirada de flores, y con la misma sonrisa que le marcaba los hoyuelos de siempre, abrochó su celebración de aniversario con otro brindis:

̶ Por nuestros cuarenta años de amor.

 

 

 

Tañidos de lluvia (*)

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La vida monacal discurría rutinariamente en Santa María de Moreruela, de modo plácido, sin más alteraciones acústicas que la llamada de la campana a las horas del oficio, el graznido de los grajos en la chopera y el zureo de las palomas en los aleros del claustro. Aquella tarde de otoño también se oyeron relinchos y ruido de cascos en la vereda. El barón don Rodrigo de Fonseca, acompañado de su hija doña Clara, venía del sur y pidió hospedaje en el monasterio. «El tiempo justo para reponer fuerzas» –dijo para sus adentros–, «para herrar las bestias y restaurar los quebrantados cuerpos. Aún nos quedan muchas leguas para llegar a Santiago».

    El padre abad, fray Juan de Portocarrero, con más gestos que palabras, ordenó al portero Jerónimo que los acomodara en la zona de conversos y que dispusiera la celda más soleada para el barón, que venía maltrecho y algo demacrado, debido al parecer a unas fiebres inoportunas. El oblato bajó sus ojos aceituna ante la mirada intensa del abad y guio a los huéspedes, escaleras arriba, hasta sus aposentos.

    Más intensa todavía fue la mirada de Jerónimo a la hermosa doña Clara, tras descorrer la aldaba de madera rústica e invitarla con un gesto amplio de la mano a franquear el umbral. Cuando la joven pasó a su lado, él se fijó en los hoyuelos que marcaron su sonrisa y en sus ojos claros que, por un instante, se quedaron clavados en los suyos. Esta vez fue ella la que los bajó ruborizada.

    Un escalofrío le recorrió la espalda al ingenuo religioso y una sensación de enjambre alborotado se le instaló en el pecho. Nunca en su vida había visto una belleza femenina tan de cerca ni aspirado el aroma de hembra joven, mezcla suave de sudor y de lavanda. Todo aquello era nuevo para él, parecido, aunque mucho más agradable, a lo que sentía con la cercanía untuosa de fray Juan.

    Al pobre Jerónimo se le revolvieron todos los humores corporales. Por primera vez en sus doce años de campanero casi toca a Vísperas en la hora de Nona. Se perdió en el canto del Magnificat, apenas probó bocado durante la cena, se saltó varios versículos en el rezo de Completas y en cuanto llegó a la celda quiso mortificar su carne con especial ahínco para mitigar esa comezón que le provocaba la imagen y el aroma de la joven peregrina.

    No podía dormir, la imaginaba rendida en el jergón, respirando profundamente, y deseaba ofrecer su habilidad de enfermero al padre y luego a ella, para  adivinar la posible fiebre con el dorso de su mano en la frente. Los había espiado mientras cenaban en el refectorio de conversos y, en cuanto marcharon, Jerónimo recogió las escudillas y disimuladamente lamió la cuchara de madera con la que ella había comido las sopas de ajo que él mismo había preparado. Imaginó la textura de su lengua en la cuchara y sintió un estremecimiento. La suavidad de sus mejillas era tersa como la piel de los melocotones de la huerta.

    SAM_0168La belleza brillante, pero inerte, de Nuestra Señora en el retablo, ante la que se quedaba embobado muchas mañanas mientras fregaba la iglesia, se había hecho real y viva en doña Clara: recordó su semblante ligeramente sonrosado, enmarcado por unos rizos dorados alrededor de la toca que asomaban en forma de caracolillos en su nuca y suspiró quedamente un segundo antes de coger el sueño

A la mañana siguiente, mientras se disponía a herrar los caballos, el oblato Jerónimo creyó ver la silueta de la joven en la ventana, al cerrarse los postigos justo cuando él alzaba la vista por encima de la grupa. La intuyó atisbando por la abertura estrecha que quedó entre las dos hojas.

    Estaba remachando los clavos en la última herradura del primer caballo cuando sintió la suavidad de un aleteo sedoso en el establo.

—¿Necesita ayuda su reverencia? Me manda mi padre para que le sujete el alazán.  Es muy arisco con la gente extraña.

—¿Cómo se encuentra don Rodrigo de las fiebres que le aquejan? −preguntó él azorado.

—Algo cansado por las calenturas, pero es fuerte y se repondrá. Hoy todavía nos quedaremos aquí. Mañana al amanecer volveremos al camino.

—Acompañaría de buen grado a vuestras mercedes por esos benditos lugares.

—¿Es solo la devoción o la salud de mi padre la causa de vuestro ofrecimiento? − inquirió doña Clara con inocente picardía.

—Vuestra beldad me ha trastornado el alma − le dijo el oblato con la mirada fija.

—Atrevida es vuestra reverencia. El Señor, en su justicia, os castigará.

—Por bien empleado daré yo su castigo si vos me otorgáis alguno de vuestros favores.

—No seáis blasfemo, confiad en Él y perseverad.

    El padre abad los sorprendió muy juntos, como cogidos de la mano. Al advertir su presencia, la dueña fingió que sujetaba al pura sangre. «¡Quietooo!», trataba de calmarlo, inequívocamente sofocada y con la toca algo torcida, mientras daba golpecitos con la palma de la mano al cuello del animal. Y el oblato, encorvado ambiguamente, no se sabía bien si buscaba el camino de las pantorrillas de la joven o si forcejeaba por doblarle la mano al alazán para ponerle la última herradura.

    El abad, de natural tranquilo, se puso pálido y lanzó una mirada de fuego a la pareja. Se dirigió al religioso en un tono que quiso ser grave, pero que sonó algo aflautado por la ira:

—Cuando acabe de herrar le espero en la sala de monjes.

    Luego, a solas los dos, el abad intentó reprender a Jerónimo, pero apenas pudo articular nada. No sabía si era la furia o el desamparo lo que le anudó la garganta o si fue la cara de terror del pobre oblato. Todo se resolvió en un amago de abrazo y en unas palabras  casi inaudibles: «Ten cuidado, Jerónimo, la mujer no tiene alma…, y encarna el mal».

    Nadie de la comunidad se percató del idéntico palor de rostro en el abad y en el oblato durante toda la jornada, ni del temblor  apenas perceptible en la voz o en las manos de ambos al pasar las hojas durante los oficios de las horas. Ni tampoco nadie observó la sombra apresurada que cruzó el claustro a media noche, a grandes zancadas y subió los peldaños de las escaleras, de dos en dos, hacia la zona de conversos.

    Cuando fray Juan de Portocarrero, desvelado por un oscuro presentimiento, se levantó casi una hora antes de Maitines y comprobó que el cerrojo de la celda de Jerónimo estaba echado por fuera, corrió a pegar la oreja a la puerta donde dormía doña Clara y se retorció los brazos y se mordió los nudillos de los puños, sacudido por una extraña conmoción. Sintió como una daga de fuego por su vientre que le subió hasta la garganta, cayó de rodillas sobre las losas y se juró a sí mismo que Jerónimo no habría de ver la luz del sol el resto de sus días. Pagaría este grandísimo pecado de traición y de lujuria en la mazmorra que había justo debajo de la bodega.

    La comunidad cisterciense notó la ausencia del oblato en su sitial vacío en los maitines. Luego el toque de Laudes sonó menos vigoroso y más destemplado que otras veces. Y aquel cerrojo de la celda, echado por fuera todo el día, vino a confirmar la súbita desaparición del campanero.

    Apenas amanecía cuando el abad fray Juan de Portocarrero acompañó a los peregrinos hasta la portería. Ante la demanda del barón, «una destemplanza inesperada ha quebrantado la salud del bueno de Jerónimo»  ̶ balbuceó el abad, al tiempo que doña Clara ahogó su dolor en un sollozo mudo, que sonó a despedida definitiva y a desgarro.

    El barón de Fonseca y una llorosa doña Clara partieron en buen hora por el camino sanabrés  hacia san Salvador y santa María de Tábara y, siguiendo el curso del río Tera, el barón pidió consuelo para las lágrimas de su hija a la Virgen de la Carballeda en Rionegro; no podía explicarse  don Rodrigo la causa de tanto duelo.

    Dicen que aquel día no paró de llover. Esa lluvia mansa de algunas tardes de otoño les acompañó hasta Puebla de Sanabria, donde el granito se hace campana y torreón y postigos de luz y espejo claro donde se miran los techos de pizarra.

    Ya entrando en Galicia el camino se volvió dulce de niebla. Y la explosión de verdes y morados en las montañas suaves les acompañó hasta el cenobio de Santa María la Real en Xunqueira de Espadañedo, donde cuentan que el varón de Fonseca, preocupado por la languidez de su hija, quiso hacer otra parada larga; pero ella rogó a su padre que siguieran hasta donde aguantasen los caballos.

    Agotados, fueron llegando a la abadía de Oseira. Y el manantial de melancolía arrasó de nuevo los ojos garzos de doña Clara y acreció y se hizo torrente con cada tañido en lontananza.

    —El ansia por llegar a Santiago es la causa de mi desazón y mi congoja, padre – susurró la niña.

    —Y algo más que esa ansia, me parece. Que ya hasta el toque de las horas y el gorgoteo de las fuentes en los claustros te incomodan.

    Y dicen que no le cambió el semblante a doña Clara hasta que, entrando en Santiago, una bandada de palomas blancas les guio por el laberinto de callejuelas hasta la plaza de la catedral. Y que por fin sonrió cuando una de ellas se posó en su hombro y, sin dejar de mover las alas, le picoteó suavemente los caracolillos de la nuca y la miró con ojillos aceituna llenos de ternura.

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(*) Primer premio en el II Concurso de relato corto sobre el Camino de Santiago, convocado por la Asociación de Amigos del Camino de Santiago Mozárabe Sanabrés, en Rionegro del Puente (Zamora), diciembre 2015

 

POESÍA NUESTRA (II)

(Sonata de amor a cuatro manos)

Me gusta imaginarte soñando entre los juncos de un arroyo de Castilla
o sobrecogida de asombro en la inmensidad caudalosa de un río en la Amazonia.

Me gusta rodearte con mis ásperos brazos de encina castellana y cantarte al oído, e inundarte de flores y caricias, hasta que una estrella de escarcha se asome al borde de tus ojos.

Me gusta creer que no son tópicos las lágrimas del Cid saliendo de Vivar, ni el ‘vaso de bon vino’ de Berceo, ni los requiebros de Juan Ruiz ‘el pescozudo a las serranas.

Me gusta ver tu semblante de ansiedad cuando te asomas a la fuente,
buscando la imagen de mis ojos en su espejo, como la esposa doliente de san Juan de la Cruz, el frailecico.

Me gustaría inundarte de trovas caribeñas o de madrigales castellanos
en un amanecer de invierno en la meseta o en un anochecer de luna tibia en Yucatán,

Me gustaría paladear un habano con sabor a ron guatemalteco o a manzanilla de     Sanlúcar, y dejarme mecer, tendido en una hamaca,  leyendo a Juan Ramón o a Benedetti.

Cuánta belleza chorreando en la melancolía atardecida de Machado, en los excesos sensoriales de Darío, en los fervores de Lope o de Sor Juana,
cuánto temblor de amor inmensurable en las voces de Neruda o de Salinas,
cuánto dolorido sentir en el verbo de Cernuda o Garcilaso,

Cuánto ritmo cascabeleando en tus caderas,  incansable en tu danza…
cuánta imagen cosida en los volantes de tu falda-pollera o prendida en los ojales de tu blusa, güipil o guayabera.

Cuánta hermosura, dios, cuánto contraste de fanfarrias y de nanas.

Cuánta grandeza en cada gesta, en cada poema de luz, en cada poro de tu piel mestiza, trasminando aroma de jazmines.

Encalmada en las odas de Fray Luis,
adormecida con el sóngoro cosongo de Guillén,
insomne y asustada en la aurora de Lorca en Nueva York.

Hoy quiero rescatarte de tu sueño con hilos de caricias
y despertarte con un beso ligerísimo en tu hombro…
y saludarte despacio en cada vértebra, susurrándote:
buen día, egunón, bon día, bos días, buenos días.

PERFUMES DE LEYENDA

Dicen que en esa casa solitaria que hay a la salida del pueblo en el camino del cementerio, donde apenas llega la luz de la última farola, vivía no hace tantos años una mujer sola, con su hija apenas adolescente. La madre tenía fama de mujer fatal, como si la persiguiera una maldición con los hombres.  Se había casado cuatro veces.  El último marido murió reventado por un barreno incontrolado en la mina del pueblo, y fue el único del que disfrutó un poco y con el que había concebido a esta hija. Los otros tres corrieron una suerte igualmente aciaga: al primero se lo arrebató la guerra de recién casados, el segundo murió de repente y el tercero de una tisis mal curada. Estos golpes de mala fortuna la habían hecho huraña, apenas hablaba con nadie y salía muy poco de casa, solo a la misa temprano los domingos; y el resto de la semana, también antes del amanecer, iba como un fantasma al campo a recoger leña y escobas, que iba apilando en el corral para pasar el invierno interminable de carámbanos. Era enjuta de cara y vestía siempre de luto.

De la niña algunos decían que era muda, otros que no había aprendido a hablar por no ir a la escuela, lo cierto es que en el pueblo nadie conocía su voz. De chica solo se la había oído llorar cuando su madre le reñía o le pegaba. A su padre no lo conoció, pues cuando sucedió lo del barreno ella no había cumplido el año. Alguna vez acompañaba a su madre a misa, con el velo tapándole la cara, sin mirar a los lados, sin responder a los saludos. Según decían los pocos que se la cruzaban, con los años se iba haciendo cada vez más espigada y hermosa.

Un día comentaron en el bar del pueblo que habían visto a la niña, paseando por el camino de la charca, a la luz de la luna, ella sola, con un vestido blanco y la melena suelta. Y que, aunque se acercó al borde del agua, las ranas no pararon de cantar ni disminuyeron su intensidad ni su cadencia. El fenómeno se repitió varias noches mientras duró la luna llena. Pero nadie le dio importancia. Según parece, ella conocía el lenguaje de las ranas y hablaba con ellas. Hay quien dice que terminó enamorándose de la voz atenorada de un príncipe encantado, que descifraba su mensaje de amor dolorido y le contestaba croando con el mismo tono de melancolía. Hasta que una noche cálida de principios del verano, al acercarse al agua como siempre, se le oyó suspirar… y cesó de golpe toda la algarabía.

Alguien comentó que se había visto a la niña descender por una escala de luz y de silencio en mitad del espejo plateado de la superficie de la charca… Y añadieron también que, por más que los buzos rastrearon el fondo durante varios días, la niña nunca apareció. La madre tampoco se acercó nunca en busca de noticias, sabía de su sino y no esperaba nada. Y cada vez que removían el lodo, el aire de la anochecida se embalsamaba con un intenso perfume de jazmines y de magnolias.

EL DINOSAURIO

En sus últimas discusiones, inútiles e inacabables, los argumentos se enredaban como madejas inextricables. Y la desazón crecía. Y enseguida aparecía el monstruo de la incomunicación, acechante, sin parpadear, dispuesto a dar el salto.
Y en las noches de insomnio, atormentados de celos absurdos, a las tantas por fin entraban en la pesadilla de la huida en que las piernas pesan. Y ahí seguía el monstruo de la desconfianza con su mirada enrojecida.
Y cuando todo se hizo añicos, sin estruendo de jarrón, y ya no hubo remedio para nada… se dejaron devorar pausadamente por el dinosaurio amable de la libertad.